Mi abuelita me contaba que en tiempos antiguos el Zorro y el Cóndor les gustaba apostar.
Se encontraron una vez en una quebrada, era en el mes de Junio en pleno invierno y había mucho viento y hielo.
¡Apostemos! – Se dijeron el Cóndor con el Zorro. Entonces el Cóndor le pregunta al Zorro:
Amigo Zorro ¿Cómo eres para aguantar el frío?
¡Yo soy muy valiente y fuerte para soportar el viento!
Entonces apostemos quien soporta el frío – respondió el Cóndor.
Por la noche el viento era demasiado y el Cóndor le dice al Zorro.
¿Compadre está ESTAS aguantando?
Si estoy aguantando
Otra vez le pregunta el Cóndor
¿Compadre está aguantando?
Yo uuuu si estoy aguantando – Contesto con voz muy débil el Zorro. El Cóndor le preguntó de nuevo.
¿Compadre está aguantando?
Siiiii – muy débil contestó.
¿Compadre estas aguantando?
Pero esta vez solo se escuchó un ¡t’ujux!, se cayó el Zorro muerto de frío y el Cóndor estaba guapo y contento.
Dicen que así ellos apostaban antiguamente en el tiempo de invierno.
¿Apostemos? – se dijeron y así entre los dos apostaron.
Ese cuento es antiguo y es como una herencia para mí. Ese cuento es de cuando vivían las chullpas, cuando este mundo apareció por primera vez. En este tiempo se fueron formando los cuentos. Cuando por la noche el Zorro y el lagarto era personas jóvenes y el sapo era una señorita, así por la noche todos se convertían en personas, así era cuando nació este mundo.
Periquín vivía con su madre, que era viuda, en una cabaña del bosque. Como con el tiempo fue empeorando la situación familiar, la madre determinó mandar a Periquín a la ciudad, para que allí intentase vender la única vaca que poseían. El niño se puso en camino, llevando atado con una cuerda al animal, y se encontró con un hombre que llevaba un saquito de habichuelas.
-Son maravillosas -explicó aquel hombre-. Si te gustan, te las daré a cambio de la vaca.
Así lo hizo Periquín, y volvió muy contento a su casa. Pero la viuda, disgustada al ver la necedad del muchacho, cogió las habichuelas y las arrojó a la calle. Después se puso a llorar.
Cuando se levantó Periquín al día siguiente, fue grande su sorpresa al ver que las habichuelas habían crecido tanto durante la noche, que las ramas se perdían de vista. Se puso Periquín a trepar por la planta, y sube que sube, llegó a un país desconocido.
Entró en un castillo y vio a un malvado gigante que tenía una gallina que ponía un huevo de oro cada vez que él se lo mandaba. Esperó el niño a que el gigante se durmiera, y tomando la gallina, escapó con ella. Llegó a las ramas de las habichuelas, y descolgándose, tocó el suelo y entró en la cabaña.
La madre se puso muy contenta. Y así fueron vendiendo los huevos de oro, y con su producto vivieron tranquilos mucho tiempo, hasta que la gallina se murió y Periquín tuvo que trepar por la planta otra vez, dirigiéndose al castillo del gigante. Se escondió tras una cortina y pudo observar cómo el dueño del castillo iba contando monedas de oro que sacaba de un bolsón de cuero.
En cuanto se durmió el gigante, salió Periquín y, recogiendo el talego de oro, echó a correr hacia la planta gigantesca y bajó a su casa. Así la viuda y su hijo tuvieron dinero para ir viviendo mucho tiempo.
Sin embargo, llegó un día en que el bolsón de cuero del dinero quedó completamente vacío. Se cogió Periquín por tercera vez a las ramas de la planta, y fue escalándolas hasta llegar a la cima. Entonces vio al ogro guardar en un cajón una cajita que, cada vez que se levantaba la tapa, dejaba caer una moneda de oro.
Cuando el gigante salió de la estancia, cogió el niño la cajita prodigiosa y se la guardó. Desde su escondite vio Periquín que el gigante se tumbaba en un sofá, y un arpa, oh maravilla!, tocaba sola, sin que mano alguna pulsara sus cuerdas, una delicada música. El gigante, mientras escuchaba aquella melodía, fue cayendo en el sueño poco a poco.
Apenas le vio así Periquín, cogió el arpa y echó a correr. Pero el arpa estaba encantada y, al ser tomada por Periquín, empezó a gritar:
-¡Eh, señor amo, despierte usted, que me roban!
Se despertó sobresaltado el gigante y empezaron a llegar de nuevo desde la calle los gritos acusadores:
-¡Señor amo, que me roban!
Viendo lo que ocurría, el gigante salió en persecución de Periquín. Resonaban a espaldas del niño pasos del gigante, cuando, ya cogido a las ramas empezaba a bajar. Se daba mucha prisa, pero, al mirar hacia la altura, vio que también el gigante descendía hacia él. No había tiempo que perder, y así que gritó Periquín a su madre, que estaba en casa preparando la comida:
-¡Madre, tráigame el hacha en seguida, que me persigue el gigante!
Acudió la madre con el hacha, y Periquín, de un certero golpe, cortó el tronco de la trágica habichuela. Al caer, el gigante se estrelló, pagando así sus fechorías, y Periquín y su madre vivieron felices con el producto de la cajita que, al abrirse, dejaba caer una moneda de oro.
Probablemente todos los fantasmas sabían que Duggu Van era un vampiro. No le
tenían miedo pero le dejaban paso cuando él salía de su tumba a la hora precisa
de medianoche y entraba al antiguo castillo en procura de su alimento favorito.
El rostro de Duggu Van no era agradable. La mucha sangre bebida desde su muerte
aparente _en el 1060, a manos de un niño, nuevo David armado de una
honda-puñal_ había infiltrado en su opaca piel la coloración blanda de las
maderas que han estado mucho tiempo debajo del agua. Lo único vivo, en esa
cara, eran los ojos. Ojos fijos en la figura de Lady Vanda, dormida como un
bebé en el lecho que no conocía más que su liviano cuerpo.
Duggu Van caminaba sin hacer ruido. La mezcla de vida y muerte que informaba su
corazón se resolvía en cualidades inhumanas. Vestido de azul oscuro, acompañado
siempre por un silencioso séquito de perfumes rancios, el vampiro paseaba por
las galerías del castillo buscando vivos depósitos de sangre. La industria
frigorífica lo hubiera indignado. Lady Vanda, dormida, con una mano ante los
ojos como en una premonición de peligro, semejaba un bibelot repentinamente
tibio. Y también un césped propicio, o una cariátide.
Loable costumbre en Duggu Van era la de no pensar nunca antes de la acción. En
la estancia y junto al lecho, desnudando con levísima carcomida mano el cuerpo
de la rítmica escultura, la sed de sangre principió a ceder.
Que los vampiros se enamoren es cosa que en la leyenda permanece oculta. Si él
lo hubiese meditado, su condición tradicional lo habría detenido quizá al borde
del amor, limitándolo a la sangre higiénica y vital. Mas Lady Vanda no era para
él una mera víctima destinada a una serie de colaciones. La belleza irrumpía de
su figura ausente, batallando, en el justo medio del espacio que separaba ambos
cuerpos, con hambre.
Sin tiempo de sentirse perplejo ingresó Duggu Van al amor con voracidad
estrepitosa. El atroz despertar de Lady Vanda se retrasó en un segundo a sus
posibilidades de defensa, y el falso sueño del desmayo hubo de entregarla,
blanca luz en la noche, al amante.
Cierto que, de madrugada y antes de marcharse, el vampiro no pudo con su
vocación e hizo una pequeña sangría en el hombro de la desvanecida castellana.
Más tarde, al pensar en aquello, Duggu Van sostuvo para sí que las sangrías
resultaban muy recomendables para los desmayados. Como en todos los seres, su
pensamiento era menos noble que el acto simple.
En el castillo hubo congreso de médicos y peritajes poco agradables y sesiones
conjuratorias y anatemas, y además una enfermera inglesa que se llamaba Miss
Wilkinson y bebía ginebra con una naturalidad emocionante. Lady Vanda estuvo
largo tiempo entre la vida y la muerte. La hipótesis de una pesadilla demasiado
verista quedó abatida ante determinadas comprobaciones oculares; y, además,
cuando transcurrido un lapso razonable, la dama tuvo la certeza de que estaba
encinta.
Puertas cerradas con Yale habían detenido las tentativas de Duggu Van. El vampiro
tenía que alimentarse de niños, de ovejas, hasta de _¡horror!_ cerdos. Pero
toda la sangre le parecía agua al lado de aquella de Lady Vanda. Una simple
asociación , de la cual no lo libraba su carácter de vampiro, exaltaba en su
recuerdo el sabor de la sangre donde había nadado, goloso, el pez de su lengua.
Inflexible su tumba en el pasaje diurno, érale preciso aguardar el canto del
gallo para botar, desencajado, loco de hambre. No había vuelto a ver a Lady
Vanda, pero sus pasos lo llevaban una y otra vez a la galería terminada en la
redonda burla amarilla de la Yale. Duggu Van estaba sensiblemente desmejorado.
Pensaba a veces _horizontal y húmedo en su nicho de piedra_ que quizá Lady
Vanda fuera a tener un hijo de él. El amor recrudecía entonces más que el
hambre. Soñaba su fiebre con violaciones de cerrojos, secuestros, con la
erección de una nueva tumba matrimonial de amplia capacidad. El paludismo se
ensañaba en él ahora.
El hijo crecía, pausado, en Lady Vanda. Una tarde oyó Miss Wilkinson gritar a
la señora. La encontró pálida, desolada. Se tocaba el vientre cubierto de raso,
decía:
_Es como su padre, como su padre.
Miss Wilkinson llegó a la conclusión de que el pequeño vampiro estaba
desangrando a la madre con la más refinada de las crueldades.
Cuando los médicos se enteraron hablóse de un aborto harto justificable; pero
Lady Vanda se negó, volviendoo la cabeza como un osito de felpa, acariciando
con la diestra su vientre de raso.
_Es como su padre_ dijo_. Como su padre.
El hijo de Duggu Van crecía rápidamente. No solo ocuyupaba el cuerpo de Lady
Vanda. Lady Vanda apenas podía hablar ya, no le quedaba sangre; si alguna tenía
estaba en el cuerpo de su hijo.
y cuando vino el día fijado por los recuerdos para el alumbramiento, los
médicos se dijeron que aquél iba a ser un alumbramiento extraño. En número de
cuatro rodearon el lecho de la parturienta, aguardando que fuese la media noche
del trigésimo día del noveno mes del atentado de Duggu Van.
Miss Wilkinson, en la galería, vio acercarse una sombra. No gritó porque estaba
segura de que con ello no llegaría a nada. Cierto que el rostro de Duggu Van no
era para provocar sonrisas. El color terroso de su cara se había transformado
en un relieve uniforme y cárdeno. En vez de ojos, dos grandes interrogaciones
llorosas se balanceaban debajo del cabello apelmazado.
_Es absolutamente mío_ dijo el vampiro con el lenguaje caprichoso de su secta_
y nadie puede interponerse entre su esencia y mi cariño.
Hablaba del hijo; Mis Wilkinson se calmó.
Los médicos, reunidos en un ángulo del lecho, trataban de demostrarse unos a
otros que no tenían miedo. Empezaban a admitir cambios en el cuerpo de Lady
Vanda. Su piel se había puesto repentinamente oscura, sus piernas se llenaban
de relieves musculares, el vientre se aplanaba suavemente y, con una
naturalidad que parecía casi familiar, su sexo se transformaba en el contrario.
El rostro no era ya el de Lady Vanda. Las manos no eran ya las de Lady Vanda.
Los médicos tenían un miedo atroz.
Entonces, cuando dieron las doce, el cuerpo de quien había sido Lady Vanda y
era ahora su hijo se enderezó dulcemente en el lecho y tendió los brazos hacia
la puerta abierta.
Duggu Van entró en el salón, pasó ante los médicos sin verlos, y ciñó las manos
de su hijo.
Los dos, mirándose como si se conocieran desde siempre, salieron por la
ventana. El lecho ligeramente arrugado, y los médicos balbuceando cosas en
torno a él, contemplando sobre las mesas los instrumentos del oficio, la
balanza para pesar al recién nacido, y Miss Wilkinson en la puerta,
retorciéndose las manos preguntando, preguntando, preguntando.
Quiero compartir con ustedes un hermoso cuento infantil de Gabriela Mistral, lo encontré mientras buscaba datos para publicar la biografía de esta gran mujer, cuya obra es tan poco conocida en Chile.
Ha pasado con las rosas lo que con muchas otras
plantas, que en un principio fueron plebeyas por su excesivo número y por los
sitios donde se les colocara.
Nadie creyera que las
rosas, hoy princesas atildadas de follaje hayan sido hechas para embellecer los
caminos. Y fue así sin embargo.
Había andado Dios por
la Tierra disfrazado de romero todo un caluroso día, y al volver al cielo se le
oyó decir:
-¡Son muy desolados
esos caminos de la pobre Tierra! El sol los castiga y he visto por ellos
viajeros que enloquecían de fiebre y cabezas de bestias agobiadas. Se quejaban
las bestias en su ingrato lenguaje, y los hombres blasfemaban. ¡Además, qué
feos son con sus tapias terrosas y desmoronadas!
Y los caminos son
sagrados, porque unen a los pueblos remotos y porque el hombre va por ellos, en
el afán de la vida, henchido de esperanzas si mercader, con el alma extasiada,
si peregrino.
Bueno será que
hagamos tolderías frescas para esos senderos y visiones hermosas: sombra y
motivos de alegría.
E hizo los sauces que
bendicen con sus brazos inclinados; los álamos larguísimos, que proyectan
sombra hasta muy lejos, y las rosas de guías trepadoras, gala de las pardas
murallas.
Eran los rosales por
aquel tiempo pomposos y abarcadores; el cultivo, y la reproducción repetida
hasta lo infinito, han atrofiado la antigua exuberancia.
Y los mercaderes, y
los peregrinos, sonrieron cuando los álamos, como un desfile de vírgenes, los
miraron pasar, y cuando sacudieron el polvo de sus sandalias bajo los frescos
sauces.
Su sonrisa fue
emoción al descubrir el tapiz verde de las murallas, regado de manchas rojas,
blancas y amarillas, que eran como una carne perfumada. Las bestias mismas
relincharon de placer. Eleváronse de los caminos, rompiendo la paz del campo,
cantos de un extraño misticismo por el prodigio.
Pero sucedió que el
hombre, esta vez como siempre, abusó de las cosas puestas para su alegría y
confiadas a su amor.
La altura defendió a
los álamos; las ramas lacias del sauce no tenían atractivo; en cambio, las
rosas si que lo tenían, olorosas como un frasco oriental e indefensas como una
niña en la montaña.
Al mes de vida en los
caminos, los rosales estaban bárbaramente mutilados y con tres o cuatro rosas
heridas.
Las rosas eran
mujeres, y no callaron su martirio. La queja fue llevada al Señor. Así hablaron
temblando de ira y más rojas que su hermana, la amapola:
-Ingratos son los
hombres, Señor; no merecen tus gracias. De tus manos salimos hace poco tiempo,
íntegras y bellas; henos ya mutiladas y míseras.
Quisimos ser gratas
al hombre y para ello realizábamos prodigios: abríamos la corola ampliamente,
para dar más aroma: fatigábamos los tallos a fuerza de chuparles savia para
estar fresquísimas. Nuestra belleza nos fue fatal.
Pasó un pastor. Nos
inclinamos para ver los copos redondos que le seguían. Dijo el truhán:
-«Parecen un arrebol,
y saludan, doblándose, como las reinas de los cuentos».
Y nos arrancó dos
gemelas con un gran tallo.
Tras él venía un
labriego. Abrió los ojos asombrados, gritando:
-«¡Prodigio! La tapia
se ha vestido de percal multicolor, ni más ni menos que una vieja alegre!»
Y luego:
-«Para la Añuca y su muñeca».
Y sacó seis, de una
sola guía, arrastrando la rama entera.
Pasó un viejo
peregrino. Miraba de extraño modo: frente y ojos parecían dar luz.
Exclamó:
«¡Alabado sea Dios en
sus criaturas cándidas! ¡Señor, para ir glorificándote en ella!»
Y se llevó nuestra
más bella hermana.
Pasó un pilluelo:
«¡Qué comodidad!
-dijo- ¡Flores en el caminito mismo!»
Y se alejó con una
brazada, cantando por el sendero.
Señor, la vida así no
es posible. En días más, las tapias quedarán como antes: nosotras habremos
desaparecido.
-¿Y qué queréis?
-¡Defensa! Los
hombres escudan sus huertas con púas de espino y zarzas. Algo así puedes
realizar en nosotras.
Sonrió con tristeza
el buen Dios, porque había querido hacer la belleza fácil y benévola, y repuso:
-¡Sea! Veo que en
muchas cosas tendré que hacer lo mismo. Los hombres me harán poner en mis
hechuras hostilidad y daño.
En los rosales se
hincharon las cortezas y fueron formándose levantamientos agudos: las espinas.
Y el hombre, injusto
siempre, ha dicho después que Dios va borrando la bondad de su creación.
Hace mucho tiempo, un anciano le dejó de
herencia a su hijo un campo con muchos animales y plantas nativas hualles,
notros, maitenes, coigües y canelos y siempre le aconsejaba que cuidara
esta tierra que algún día iba a ser suya y así también los árboles que allí
habían. Un día muy triste para el padre, este hijo partió a la gran ciudad
en busca de trabajo, allá después de unos años formó su hogar y ya casi no
se acordaba de su viejo que vivía en el campo cuidando su piño, solamente
venía unos días en el verano y eso alegraba mucho al anciano padre, pero
cuando este regresaba a la ciudad, el pobre anciano se quedaba muy triste,
sin hambre comía muy poco, se fue debilitando hasta que cayó enfermo, llega el
hijo rápidamente buscando todo tipo de medicina para darle a su viejo
padre, pero, ya era demasiado tarde y cuando estaba en sus últimos
momentos de su vida postrados en su cama saco de su interior sus últimas
fuerzas y habló a su hijo diciéndole: “cuida tu campo hijo no lo vendas
nunca, no cortes los árboles que hay, porque le servirán a tus hijos”, y a
parte esos le dejó muchos otros consejos que él escucho con mucho respeto
y atención, luego el anciano cerró sus ojos y descansó. Pero el hijo,
pronto olvidó todos estos consejos y comenzó a vender los árboles,
llegaron hombres del pueblo con sus motosierras, camiones, cortaban y
destruían los árboles sin piedad dejando el campo vacío, un año más tarde
quiso vender aquella tierra que había recibido de herencia, pero cuando
estaba a punto de hacer el negocio extrañamente enfermó este hombre y soñó
varias veces que su padre le repetía: “No vendas tú tierra”. Así este
hombre salvó su tierra que recibió como herencia y hoy vive feliz en ella
cultivándola y criando muchos animales.
Buscando un nuevo cuento para la etiqueta me encontré con una serie de cuentos infantiles de nuestro pueblos originarios y me sorprendió la relación en contenido y personajes con los cuentos de otros continentes, voy a empezar mostrandoles un cuento Mapuche:
Había una vez un zorro que nadie lo quería porque cantaba muy feo. Entonces para solucionar su problema se dirigió a la casa de la perdiz para pedir ayuda. La perdiz al ver el zorro se asustó mucho
-qué maldad vendrá a hacer pensó la perdiz.
El zorro la saludó con mucho respeto y le dijo: Sabe qué, tengo un problema tengo ganas de casarme pero nadie me quiere porque dicen que canto muy feo. Como no va a ser que le dijo la perdiz si tienes la boca tan grande, casi a las orejas te llega la boca. Ay, no me había dado cuenta dijo el zorro.
Yo te puedo hacer un remedio dijo la perdiz, pero mi trabajo tiene un precio, tiene un valor.
Al escuchar esto el zorro ofreció joyas, vestidos nuevos, zapatos, hasta una casa. Entonces te voy a hacer el remedio dijo la perdiz, mientras yo preparo mis implementos tu te vas a quedar de rodillas rogando para que todo salga bien. Así fue que, con una tremenda aguja, le cosieron la boca, dejándosela como un botón. Al principio sintió mucho dolor pero después tuvo que aguantar.
Para ver si había resultado su trabajo, la perdiz le pidió que cantara el zorro cantó casi mejor que la perdiz. Luego la perdiz pidió que cuando le traería el pago ofrecido, el zorro negó haber ofrecido tal pago y hasta insultó a la perdiz hasta echarla del lugar, la perdiz muy temerosa escapó volando. Pero un día cuando el zorro dormía a la orilla de un camino, pasó por ahí la perdiz y después de asegurarse bien que el zorro dormía profundamente, le cantó muy fuerte al oído al zorro y salió volando. El zorro al asustarse gritó muy fuerte y al decir Guak! se le descosió toda su boca incluso le quedó más grande y ahí quedó lamentándose por lo que le había pasado.
Erase una vez un pobre
campesino. Una noche mientras se encontraba sentado atizando el fuego, mientras
que su esposa hilaba sentada a su lado Ambos se lamentaban de hallarse en un
hogar sin niños.
-¡Qué triste es no tener hijos! -dijo él-. En esta
casa siempre hay silencio, mientras que en los demás hogares hay tanto bullicio
y alegría...
-¡Es verdad! -contestó la mujer suspirando-. Si
por lo menos tuviéramos uno, aunque fuese muy pequeño y no mayor que el pulgar,
seríamos felices y lo querríamos de todo corazón.
Y entonces sucedió que la mujer se indispuso y,
después de siete meses, dio a luz a un niño completamente normal en todo, si
exceptuamos que no era más grande que un dedo pulgar.
-Es tal como lo habíamos deseado. Va a ser nuestro
hijo querido.
Y debido a su tamaño lo llamaron Pulgarcito. No le
escatimaron la comida, pero el niño no creció y se quedó tal como era en el
momento de nacer. Sin embargo, tenía una mirada inteligente y pronto dio
muestras de ser un niño listo y hábil, al que le salía bien cualquier cosa que
se propusiera.
Un día, el campesino se aprestaba a ir al bosque a
cortar leña y dijo para sí:
-Ojalá tuviera a alguien que me llevase el carro.
-¡Oh, padre! -exclamó Pulgarcito- ¡Ya te llevaré
yo el carro! ¡Puedes confiar en mí! En el momento oportuno lo tendrás en el
bosque.
El hombre se echó a reír y dijo:
-¿Cómo podría ser eso? Eres demasiado pequeño para
llevar de las bridas al caballo.
-¡Eso no importa, padre! Si mamá lo engancha, yo
me pondré en la oreja del caballo y le iré diciendo al oido por dónde ha de ir.
-¡Está bien! -contestó el padre-, probaremos una
vez.
Cuando llegó la hora, la madre enganchó el carro y
colocó a Pulgarcito en la oreja del caballo, donde el pequeño se puso a
gritarle por dónde tenía que ir, tan pronto con un "¡Heiii!", como
con un "¡Arre!". Todo fue tan bien como si un conductor de
experiencia condujese el carro, encaminándose derecho hacia el bosque.
Sucedió que, justo al doblar un recodo del camino,
cuando el pequeño iba gritando "¡Arre! ¡Arre!" , acertaron a pasar
por allí dos forasteros.
-¡Cómo es eso! -dijo uno- ¿Qué es lo que pasa? Ahí
va un carro, y alguien va arreando al caballo; sin embargo no se ve a nadie
conduciéndolo.
-Todo es muy extraño -dijo el otro-. Vamos a
seguir al carro para ver dónde se para.
Pero el carro se internó en pleno bosque y llegó
justo al sitio donde estaba la leña cortada. Cuando Pulgarcito vio a su padre,
le gritó:
-¿Ves, padre? Ya he llegado con el carro. Bájame
ahora del caballo.
El padre tomó las riendas con la mano izquierda y
con la derecha sacó a su hijo de la oreja del caballo. Pulgarcito se sentó
feliz sobre una brizna de hierba. Cuando los dos forasteros lo vieron se
quedaron tan sorprendidos que no supieron qué decir. Ambos se escondieron,
diciéndose el uno al otro:
-Oye, ese pequeñín bien podría hacer nuestra
fortuna si lo exhibimos en la ciudad y cobramos por enseñarlo. Vamos a
comprarlo.
Se acercaron al campesino y le dijeron:
-Véndenos al pequeño; estará muy bien con nosotros.
-No -respondió el padre- es mi hijo querido y no
lo vendería ni por todo el oro del mundo.
Pero al oír esta propuesta, Pulgarcito trepó por
los pliegues de la ropa de su padre, se colocó sobre su hombro y le susurró al
oído:
-Padre, véndeme, que ya sabré yo cómo regresar a
casa.
Entonces, el padre lo entregó a los dos hombres a
cambio de una buena cantidad de dinero.
-¿Dónde quieres sentarte? -le preguntaron.
-¡Da igual ! Colocadme sobre el ala de un
sombrero; ahí podré pasearme de un lado para otro, disfrutando del paisaje, y
no me caeré.
Cumplieron su deseo y, cuando Pulgarcito se hubo
despedido de su padre, se pusieron todos en camino. Viajaron hasta que
anocheció y Pulgarcito dijo entonces:
-Bajadme un momento; tengo que hacer una necesidad.
-No, quédate ahí arriba -le contestó el que lo
llevaba en su cabeza-. No me importa. Las aves también me dejan caer a menudo
algo encima.
-No -respondió Pulgarcito-, yo también sé lo que
son las buenas maneras. Bajadme inmediatamente.
El hombre se quitó el sombrero y puso a Pulgarcito
en un sembrado al borde del camino. Por un momento dio saltitos entre los
terrones de tierra y, de repente, se metió en una madriguera que había
localizado desde arriba.
-¡Buenas noches, señores, sigan sin mí! -les gritó
con un tono de burla.
Los hombres se acercaron corriendo y rebuscaron
con sus bastones en la madriguera del ratón, pero su esfuerzo fue inútil.
Pulgarcito se arrastró cada vez más abajo y, como la oscuridad no tardó en
hacerse total, se vieron obligados a regresar, burlados y con las manos vacías.
Cuando Pulgarcito advirtió que se habían marchado,
salió de la madriguera.
-Es peligroso atravesar estos campos de noche
-pensó-; sería muy fácil caerse y romperse un hueso.
Por fortuna tropezó con una concha vacía de
caracol.
-¡Gracias a Dios! -exclamó- Ahí podré pasar la
noche con tranquilidad.
Y se metió dentro del caparazón. Un momento
después, cuando estaba a punto de dormirse, oyó pasar a dos hombres; uno de
ellos decía:
-¿Cómo haremos para robarle al cura rico todo su
oro y su plata?
-¡Yo podría decírtelo! -se puso a gritar
Pulgarcito.
-¿Qué fue eso? -dijo uno de los espantados
ladrones-; he oído hablar a alguien.
Se quedaron quietos escuchando, y Pulgarcito
insistió:
-Llévadme con vosotros y os ayudaré.
-¿Dónde estás?
-Buscad por la tierra y fijaos de dónde viene la
voz -contestó.
Por fin los ladrones lo encontraron y lo alzaron
hasta ellos.
-A ver, pequeñajo, ¿cómo vas a ayudarnos?
-¡Escuchad! Yo me deslizaré por las cañerías hasta
la habitación del cura y os iré pasando todo cuanto queráis.
-¡Está bien! Veremos qué sabes hacer.
Cuando llegaron a la casa del cura, Pulgarcito se
introdujo en la habitación y se puso a gritar con todas sus fuerzas.
-¿Quereis todo lo que hay aquí?
Los ladrones se estremecieron y le dijeron:
-Baja la voz para que nadie se despierte.
Pero Pulgarcito hizo como si no entendiera y
continuó gritando:
-¿Qué queréis? ¿Queréis todo lo que hay aquí?
La cocinera, que dormía en la habitación de al
lado, oyó estos gritos, se incorporó en su cama y se puso a escuchar, pero los
ladrones asustados se habían alejado un poco. Por fin recobraron el valor
diciéndose:
-Ese pequeñajo quiere burlarse de nosotros.
Regresaron y le susurraron:
-Vamos, nada de bromas y pásanos alguna cosa.
Entonces, Pulgarcito se puso a gritar de nuevo con
todas sus fuerzas:
-Sí, quiero daros todo; sólo tenéis que meter las
manos.
La cocinera, que ahora oyó todo claramente, saltó
de su cama y se acercó corriendo a la puerta. Los ladrones, atemorizados,
huyeron como si los persiguiese el diablo, y la criada, que no veía nada, fue a
encender una vela. Cuando regresó, Pulgarcito, sin ser descubierto, se había
escondido en el pajar. La sirvienta, después de haber registrado todos los
rincones y no encontrar nada, acabó por volver a su cama y supuso que había
soñado despierta.
Pulgarcito había trepado por la paja y en ella
encontró un buen lugar para dormir. Quería descansar allí hasta que se hiciese
de día para volver luego con sus padres, pero aún habrían de ocurrirle otras
muchas cosas antes de poder regresar a su casa.
Como de costumbre, la criada se levantó antes de
que despuntase el día para dar de comer a los animales. Fue primero al pajar, y
de allí tomó una brazada de heno, precisamente del lugar en donde dormía
Pulgarcito. Estaba tan profundamente dormido que no se dio cuenta de nada, y no
despertó hasta que estuvo en la boca de la vaca que se había tragado el heno.
-¡Oh, Dios mío! -exclamó-. ¿Cómo he podido caer en
este molino?
Pero pronto se dio cuenta de dónde se encontraba.
No pudo hacer otra cosa sino evitar ser triturado por los dientes de la vaca;
mas no pudo evitar resbalar hasta el estómago.
-En esta habitación tan pequeña se han olvidado de
hacer una ventana -se dijo-, y no entra el sol y tampoco veo ninguna luz.
Este lugar no le gustaba nada, y lo peor era que
continuamente entraba más paja por la puerta, por lo que el espacio iba
reduciéndose cada vez más. Entonces, presa del pánico, gritó con todas sus
fuerzas:
-¡No me traigan más forraje! ¡No me traigan más
forraje!
La moza estaba ordeñando a la vaca cuando oyó
hablar sin ver a nadie, y reconoció que era la misma voz que había escuchado
por la noche. Se asustó tanto que cayó del taburete y derramó toda la leche.
Corrió entonces a toda velocidad hasta donde se encontraba su amo y le dijo:
-¡Ay, señor cura, la vaca ha hablado!
-¡Estás loca! -repuso el cura.
Y se dirigió al establo a ver lo que ocurría;
pero, apenas cruzó el umbral, cuando Pulgarcito se puso a gritar de nuevo:
-¡No me traigan más forraje! ¡No me traigan más
forraje!
Ante esto, el mismo cura también se asustó,
suponiendo que era obra del diablo, y ordenó que se matara a la vaca. Entonces
la vaca fue descuartizada y el estómago, donde estaba encerrado Pulgarcito, fue
arrojado al estiércol. Nuestro amigo hizo ímprobos esfuerzos por salir de allí
y, cuando ya por fin empezaba a sacar la cabeza, le aconteció una nueva
desgracia. Un lobo hambriento, que acertó a pasar por el lugar, se tragó el
estómago de un solo bocado. Pulgarcito no perdió los ánimos. «Quizá -pensó-
este lobo sea comprensivo». Y, desde el fondo de su panza, se puso a gritarle:
-¡Querido lobo, sé donde hallar un buena comida
para ti!
-¿Adónde he de ir? -preguntó el lobo.
-En tal y tal casa. No tienes más que entrar por
la trampilla de la cocina y encontrarás tortas, tocino y longanizas, tanto como
desees comer.
Y Pulgarcito le describió minuciosamente la casa
de sus padres.
El lobo no necesitó que se lo dijeran dos veces.
Por la noche entró por la trampilla de la cocina y, en la despensa, comió de
todo con inmenso placer. Cuando estuvo harto, quiso salir, pero había engordado
tanto que ya no cabía por el mismo sitio. Pulgarcito, que lo tenía todo
previsto, comenzó a patalear y a gritar dentro de la barriga del lobo.
-¿Te quieres estar quieto? -le dijo el lobo-. Vas
a despertar a todo el mundo.
-¡Ni hablar! -contestó el pequeño-. ¿No has
disfrutado bastante ya? Ahora yo también quiero divertirme.
Y se puso de nuevo a gritar con todas sus fuerzas.
Los chillidos despertaron finalmente a sus padres, quienes corrieron hacia la
despensa y miraron por una rendija. Cuando vieron al lobo, el hombre corrió a
buscar el hacha y la mujer la hoz.
-Quédate detrás de mí -dijo el hombre al entrar en
la despensa-. Primero le daré un golpe con el hacha y, si no ha muerto aún, le
atizarás con la hoz y le abrirás las tripas.
Cuando Pulgarcito oyó la voz de su padre, gritó:
-¡Querido padre, estoy aquí; aquí, en la barriga
del lobo!
-¡Gracias a Dios! -dijo el padre-. ¡Ya ha
aparecido nuestro querido hijo!
Y le indicó a su mujer que no usara la hoz, para
no herir a Pulgarcito. Luego, blandiendo el hacha, asestó al lobo tal golpe en
la cabeza que éste cayó muerto. Entonces fueron a buscar un cuchillo y unas
tijeras, le abrieron la barriga al lobo y sacaron al pequeño.
-¡Qué bien! -dijo el padre-. ¡No sabes lo
preocupados que estábamos por ti!
-¡Sí, padre, he vivido mil aventuras. ¡Gracias a
Dios que puedo respirar de nuevo aire freco!
-Pero, ¿dónde has estado?
-¡Ay, padre!, he estado en la madriguera de un
ratón, en el estómago de una vaca y en la barriga de un lobo. Ahora estoy por
fin con vosotros.
-Y no te volveremos a vender ni por todo el oro
del mundo. Y abrazaron y besaron con mucho cariño a su querido Pulgarcito; le dieron de comer y de beber, lo bañaron y le pusieron ropas nuevas, pues las que llevaba se habían estropeado en su accidentado viaje.
...Una pequeña ciudad al norte de Alemania, llamada Hamelin. Su paisaje era placentero y su belleza era exaltada por las riberas de un río ancho y profundo que surcaba por allí. Y sus habitantes se enorgullecían de vivir en un lugar tan apacible y pintoresco.
Pero... un día, la ciudad se vio atacada por una terrible plaga: ¡Hamelin estaba lleno de ratas!
Había tantas y tantas que se atrevían a desafiar a los perros, perseguían a los gatos, sus enemigos de toda la vida; se subían a las cunas para morder a los niños allí dormidos y hasta robaban enteros los quesos de las despensas para luego comérselos, sin dejar una miguita. ¡Ah!, y además... Metían los hocicos en todas las comidas, husmeaban en los cucharones de los guisos que estaban preparando los cocineros, roían las ropas domingueras de la gente, practicaban agujeros en los costales de harina y en los barriles de sardinas saladas, y hasta pretendían trepas por las anchas faldas de las charlatanas mujeres reunidas en la plaza, ahogando las voces de las pobres asustadas con sus agudos y desafinados chillidos.
¡La vida en Hamelin se estaba tornando insoportable!
...Pero llegó un día en que el pueblo se hartó de esta situación. Y todos, en masa, fueron a congregarse frente al Ayuntamiento.
¡Qué exaltados estaban todos!
No hubo manera de calmar los ánimos de los allí reunidos.
-¡Abajo el alcalde! - gritaban unos.
-¡Ese hombre es un pelele! - decían otros.
-¡Que los del Ayuntamiento nos den una solución! - exigían los de más allá.
Con las mujeres la cosa era peor.
- Pero, ¿qué se creen? - vociferaban -. ¡Busquen el modo de librarnos de la plaga de las ratas! ¡O hallan el remedio de terminar con esta situación o los arrastraremos por las calles! ¡Así lo haremos, como hay Dios!
Al oír tales amenazas, el alcalde y los concejales quedaron consternados y temblando de miedo.
¿Qué hacer?
Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía discurriendo en la forma de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan preocupados, que no encontraban ideas para lograr una buena solución contra la plaga.
Por fin, el alcalde se puso de pie para exclamar:
-¡Lo que yo daría por una buena ratonera!
Apenas se hubo extinguido el eco de la última palabra, cuando todos los reunidos oyeron algo inesperado. En la puerta del Concejo Municipal sonaba un ligero repiqueteo.
-¡Dios nos ampare! - gritó el alcalde, lleno de pánico -. Parece que se oye el roer de una rata. ¿Me habrán oído?
Los ediles no respondieron, pero el repiqueteo siguió oyéndose.
-¡Pase adelante el que llama! - vociferó el alcalde, con voz temblorosa y dominando su terror.
Y entonces entró en la sala el más extraño personaje que se puedan imaginar.
Llevaba una rara capa que le cubría del cuello a los pies y que estaba formada por recuadros negros, rojos y amarillos. Su portador era un hombre alto, delgado y con agudos ojos azules, pequeños como cabezas de alfiler. El pelo le caía lacio y era de un amarillo claro, en contraste con la piel del rostro que aparecía tostada, ennegrecida por las inclemencias del tiempo. Su cara era lisa, sin bigotes ni barbas; sus labios se contraían en una sonrisa que dirigía a unos y otros, como si se hallara entre grandes amigos.
Alcalde y concejales le contemplaron boquiabiertos, pasmados ante su alta figura y cautivados, a la vez, por su estrambótico atractivo.
El desconocido avanzó con gran simpatía y dijo:
- Perdonen, señores, que me haya atrevido a interrumpir su importante reunión, pero es que he venido a ayudarlos. Yo soy capaz, mediante un encanto secreto que poseo, de atraer hacia mi persona a todos los seres que viven bajo el sol. Lo mismo da si se arrastran sobre el suelo que si nadan en el agua, que si vuelan por el aire o corran sobre la tierra. Todos ellos me siguen, como ustedes no pueden imaginárselo. Principalmente, uso de mi poder mágico con los animales que más daño hacen en los pueblos, ya sean topos o sapos, víboras o lagartijas. Las gentes me conocen como el Flautista Mágico.
En tanto lo escuchaban, el alcalde y los concejales se dieron cuenta que en torno al cuello lucía una corbata roja con rayas amarillas, de la que pendía una flauta. También observaron que los dedos del extraño visitante se movían inquietos, al compás de sus palabras, como si sintieran impaciencia por alcanzar y tañer el instrumento que colgaba sobre sus raras vestiduras.
El flautista continuó hablando así: - Tengan en cuenta, sin embargo, que soy hombre pobre. Por eso cobro por mi trabajo. El año pasado libré a los habitantes de una aldea inglesa, de una monstruosa invasión de murciélagos, y a una ciudad asiática le saqué una plaga de mosquitos que los mantenía a todos enloquecidos por las picaduras. Ahora bien, si los libro de la preocupación que los molesta, ¿me darían un millar de florines?
-¿Un millar de florines? ¡Cincuenta millares!- respondieron a una el asombrado alcalde y el concejo entero.
Poco después bajaba el flautista por la calle principal de Hamelin. Llevaba una fina sonrisa en sus labios, pues estaba seguro del gran poder que dormía en el alma de su mágico instrumento.
De pronto se paró. Tomó la flauta y se puso a soplarla, al mismo tiempo que guiñaba sus ojos de color azul verdoso. Chispeaban como cuando se espolvorea sal sobre una llama.
Arrancó tres vivísimas notas de la flauta.
Al momento se oyó un rumor. Pareció a todas las gentes de Hamelin como si lo hubiese producido todo un ejército que despertase a un tiempo. Luego el murmullo se transformó en ruido y, finalmente, éste creció hasta convertirse en algo estruendoso.
¿Y saben lo que pasaba? Pues que de todas las casas empezaron a salir ratas. Salían a torrentes. Lo mismo las ratas grandes que los ratones chiquitos; igual los roedores flacuchos que los gordinflones. Padres, madres, tías y primos ratoniles, con sus tiesas colas y sus punzantes bigotes. Familias enteras de tales bichos se lanzaron en pos del flautista, sin reparar en charcos ni hoyos.
Y el flautista seguía tocando sin cesar, mientras recorría calle tras calle. Y en pos iba todo el ejército ratonil danzando sin poder contenerse. Y así bailando, bailando llegaron las ratas al río, en donde fueron cayendo todas, ahogándose por completo.
Sólo una rata logró escapar. Era una rata muy fuerte que nadó contra la corriente y pudo llegar a la otra orilla. Corriendo sin parar fue a llevar la triste nueva de lo sucedido a su país natal, Ratilandia.
Una vez allí contó lo que había sucedido.
- Igual les hubiera sucedido a todas ustedes. En cuanto llegaron a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el deseo de seguir su música. Era como si ofreciesen todas las golosinas que encandilan a una rata. Imaginaba tener al alcance todos los mejores bocados; me parecía una voz que me invitaba a comer a dos carrillos, a roer cuanto quería, a pasarme noche y día en eterno banquete, y que me incitaba dulcemente, diciéndome: "¡Anda, atrévete!" Cuando recuperé la noción de la realidad estaba en el río y a punto de ahogarme como las demás. ¡Gracias a mi fortaleza me he salvado!
Esto asustó mucho a las ratas que se apresuraron a esconderse en sus agujeros. Y, desde luego, no volvieron más a Hamelin.
¡Había que ver a las gentes de Hamelin!
Cuando comprobaron que se habían librado de la plaga que tanto les había molestado, echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias, hasta el punto de hacer retemblar los campanarios.
El alcalde, que ya no temía que le arrastraran, parecía un jefe dando órdenes a los vecinos:
-¡Vamos! ¡Busquen palos y ramas! ¡Hurguen en los nidos de las ratas y cierren luego las entradas! ¡Llamen a carpinteros y albañiles y procuren entre todos que no quede el menor rastro de las ratas!
Así estaba hablando el alcalde, muy ufano y satisfecho. Hasta que, de pronto, al volver la cabeza, se encontró cara a cara con el flautista mágico, cuya arrogante y extraña figura se destacaba en la plaza-mercado de Hamelin.
El flautista interrumpió sus órdenes al decirle:
- Creo, señor alcalde, que ha llegado el momento de darme mis mil florines.
¡Mil florines! ¡Qué se pensaba! ¡Mil florines!
El alcalde miró hoscamente al tipo extravagante que se los pedía. Y lo mismo hicieron sus compañeros de corporación, que le habían estado rodeando mientras mandoteaba.
¿Quién pensaba en pagar a semejante vagabundo de la capa coloreada?
-¿Mil florines... ?- dijo el alcalde -. ¿Por qué?
- Por haber ahogado las ratas - respondió el flautista.
-¿Que tú has ahogado las ratas? - exclamó con fingido asombro la primera autoridad de Hamelin, haciendo un guiño a sus concejales -. Ten muy en cuenta que nosotros trabajamos siempre a la orilla del río, y allí hemos visto, con nuestros propios ojos, cómo se ahogaba aquella plaga. Y, según creo, lo que está bien muerto no vuelve a la vida. No vamos a regatearte un trago de vino para celebrar lo ocurrido y también te daremos algún dinero para rellenar tu bolsa. Pero eso de los mil florines, como te puedes figurar, lo dijimos en broma. Además, con la plaga hemos sufrido muchas pérdidas... ¡Mil florines! ¡Vamos, vamos...! Toma cincuenta.
El flautista, a medida que iba escuchando las palabras del alcalde, iba poniendo un rostro muy serio. No le gustaba que lo engañaran con palabras más o menos melosas y menos con que se cambiase el sentido de las cosas.
-¡No diga más tonterías, alcalde! – exclamó -. No me gusta discutir. Hizo un pacto conmigo, ¡cúmplalo!
-¿Yo? ¿Yo, un pacto contigo? - dijo el alcalde, fingiendo sorpresa y actuando sin ningún remordimiento pese a que había engañado y estafado al flautista.
Sus compañeros de corporación declararon también que tal cosa no era cierta.
El flautista advirtió muy serio:
-¡Cuidado! No sigan excitando mi cólera porque darán lugar a que toque mi flauta de modo muy diferente.
Tales palabras enfurecieron al alcalde.
-¿Cómo se entiende? – bramó -. ¿Piensas que voy a tolerar tus amenazas? ¿Que voy a consentir en ser tratado peor que un cocinero? ¿Te olvidas que soy el alcalde de Hamelin? ¿Qué te has creído?
El hombre quería ocultar su falta de formalidad a fuerza de gritos, como siempre ocurre con los que obran de este modo.
Así que siguió vociferando:
-¡A mí no me insulta ningún vago como tú, aunque tenga una flauta mágica y unos ropajes como los que tú luces!
-¡Se arrepentirán!
-¿Aun sigues amenazando, pícaro vagabundo?- aulló el alcalde, mostrando el puño a su interlocutor -. ¡Haz lo que te parezca, y sopla la flauta hasta que revientes!
El flautista dio media vuelta y se marchó de la plaza.
Empezó a andar por una calle abajo y entonces se llevó a los labios la larga y bruñida caña de su instrumento, del que sacó tres notas. Tres notas tan dulces, tan melodiosas, como jamás músico alguno, ni el más hábil, había conseguido hacer sonar. Eran arrebatadoras, encandilaban al que las oía.
Se despertó un murmullo en Hamelin. Un susurro que pronto pareció un alboroto y que era producido por alegres grupos que se precipitaban hacia el flautista, atropellándose en su apresuramiento.
Numerosos piececitos corrían batiendo el suelo, menudos zuecos repiqueteaban sobre las losas, muchas manitas palmoteaban y el bullicio iba en aumento. Y como pollos en un gran gallinero, cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, así salieron corriendo de casas y palacios, todos los niños, todos los muchachos y las jovencitas que los habitaban, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas. Iban tropezando y saltando, corriendo gozosamente tras del maravilloso músico, al que acompañaban con su vocerío y sus carcajadas.
El alcalde enmudeció de asombro y los concejales también.
Quedaron inmóviles como tarugos, sin saber qué hacer ante lo que estaban viendo. Es más, se sentían incapaces de dar un solo paso ni de lanzar el menor grito que impidiese aquella escapatoria de los niños.
No se les ocurrió otra cosa que seguir con la mirada, es decir, contemplar con muda estupidez, la gozosa multitud que se iba en pos del flautista.
Sin embargo, el alcalde salió de su pasmo y lo mismo les pasó a los concejales cuando vieron que el mágico músico se internaba por la calle Alta camino del río.
¡Precisamente por la calle donde vivían sus propios hijos e hijas!
Por fortuna, el flautista no parecía querer ahogar a los niños. En vez de ir hacia el río, se encaminó hacia el sur, dirigiendo sus pasos hacia la alta montaña, que se alzaba próxima. Tras él siguió, cada vez más presurosa, la menuda tropa.
Semejante ruta hizo que la esperanza levantara los oprimidos pechos de los padres.
-¡Nunca podrá cruzar esa intrincada cumbre! - se dijeron las personas mayores -. Además, el cansancio le hará soltar la flauta y nuestros hijos dejarán de seguirlo.
Mas he aquí que, apenas empezó el flautista a subir la falda de la montaña, las tierras se agrietaron y se abrió un ancho y maravilloso portalón. Pareció como si alguna potente y misteriosa mano hubiese excavado repentinamente una enorme gruta.
Por allí penetró el flautista, seguido de la turba de chiquillos. Y así que el último de ellos hubo entrado, la fantástica puerta desapareció en un abrir y cerrar de ojos, quedando la montaña igual que como estaba.
Sólo quedó fuera uno de los niños. Era cojo y no pudo acompañar a los otros en sus bailes y corridas.
A él acudieron el alcalde, los concejales y los vecinos, cuando se les pasó el susto ante lo ocurrido.
Y lo hallaron triste y cariacontecido.
Como le reprocharon que no se sintiera contento por haberse salvado de la suerte de sus compañeros, replicó:
-¿Contento? ¡Al contrario! Me he perdido todas las cosas bonitas con que ahora se estarán recreando. También a mí me las prometió el flautista con su música, si le seguía; pero no pude.
-¿Y qué les prometía? - preguntó su padre, curioso.
- Dijo que nos llevaría a todos a una tierra feliz, cerca de esta ciudad donde abundan los manantiales cristalinos y se multiplican los árboles frutales, donde las flores se colorean con matices más bellos, y todo es extraño y nunca visto. Allí los gorriones brillan con colores más hermosos que los de nuestros pavos reales; los perros corren más que los gamos de por aquí. Y las abejas no tienen aguijón, por lo que no hay miedo que nos hieran al arrebatarles la miel. Hasta los caballos son extraordinarios: nacen con alas de águila.
- Entonces, si tanto te cautivaba, ¿por qué no lo seguiste?
- No pude, por mi pierna enferma- se dolió el niño -. Cesó la música y me quedé inmóvil. Cuando me di cuenta que esto me pasaba, vi que los demás habían desaparecido por la colina, dejándome solo contra mi deseo.
¡Pobre ciudad de Hamelin! ¡Cara pagaba su avaricia!
El alcalde mandó gentes a todas partes con orden de ofrecer al flautista plata y oro con qué rellenar sus bolsillos, a cambio de que volviese trayendo los niños.
Cuando se convencieron de que perdían el tiempo y de que el flautista y los niños habían partido para siempre, ¡cuánto dolor experimentaron las gentes! ¡Cuántas lamentaciones y lágrimas! ¡Y todo por no cumplir con el pacto establecido!
Para que todos recordasen lo sucedido, el lugar donde vieron desaparecer a los niños lo titularon Calle del Flautista Mágico. Además, el alcalde ordenó que todo aquel que se atreviese a tocar en Hamelin una flauta o un tamboril, perdiera su ocupación para siempre. Prohibió, también, a cualquier hostería o mesón que en tal calle se instalase, profanar con fiestas o algazaras la solemnidad del sitio.
Luego fue grabada la historia en una columna y la pintaron también en el gran ventanal de la iglesia para que todo el mundo la conociese y recordasen cómo se habían perdido aquellos niños de Hamelin.